Hoy no hay atascos y las calles están semi vacías. Este frío invita a quedarse en casa escondido bajo una manta o un buen abrazo. Hoy no puede ser.
A las 6.55 suena el despertador. Me permito el lujo de retrasarlo 15 minutos, es lo bueno de este periodo de vacaciones: la N-II está desierta y en 35 minutos puedo plantarme en Madrid. Gano casi una hora de sueño.
A las 9.03 estoy en la puerta de la oficina. Aún no ha llegado nadie. Suelo ser la primera y aún no tengo llaves, así que paso el tiempo escuchando música y hablando vía chat desde el Galaxy (¡benditos y salvadores matatiempos smartphones!).
A las 9.17 llega alguien. La oficina huele a cerrado y el frío es casi exagerado. Gas, el gato, está como loco. Tardaremos un par de horas en entrar en calor. Ya mis dedos pueden teclear con normalidad después de agonizar sobre el teclado.
Charlas sin trascendencia sobre el fin de semana y la Navidad. Anécdotas, curiosidades, ... que se transforman en una conversación seria y profunda. Una reflexión en voz alta y compartida. Más que hablar, escucho y observo. Nos emocionamos, tiembla la voz al recordar algunas historias de dolor ajeno. Nos sorprendemos de la fortaleza humana y nos sentimos pequeñas e incluso egoístas por considerar universos a nuestros problemas unicelulares.
Observo, más que nada. Y aprendo de ellas, que más maduras tienen otra experiencia de la vida. Aprecio cómo el paso de esos años que me llevan de ventaja han calado en su personalidad, en su pensamiento y en su forma de vivir. Son distintas, y me pregunto cómo seré yo a los cuarenta. Si viviré en uno de esos felices matrimonios, con hijos que crecen día a día, un trabajo estable, un coche familiar, una casa... Me pregunto si así seré yo. Me pregunto qué es lo que yo quiero ser, dónde quiero estar, cómo y con quién. A los cuarenta, o mañana mismo.
Tengo algunas de esas respuestas. Hoy las tengo pero pueden cambiar, nunca se sabe.
Ante todo aprendo que lo de hoy es lo que importa. Lo más valioso es lo que tengo, pequeñas y gigantes cosas que me hacen feliz. Después de todo, lo demás que a veces querría no es tan importante. Y no es conformismo, es seguir aprendiendo a valorar las cosas, las personas y los momentos.

