Viene y va, este frío. Me pesa la semana. Me arrastran los madrugones. Me hipnotiza este sol de invierno que ahora viene por mi izquierda y me guiña un ojo.
Es día 20. Y siempre me gustan. Pero es que además, un día 20 de hace un mes hubo un eclipse. Y justo hoy brillaba la luna llena, que más entera todavía me dejará ojiplática esta noche. Es magia. Y ella es magia. Empezó a revolverse por la noche, las ganas de mundo y de vida. Es tan pequeña que no se da cuenta de casi nada, o al menos se hace mucho la tonta cuando se nos cae la baba, escucha nuestras tonterías y la cubrimos de besos. Hace como que no se da cuenta, pero lo sabe.
Es mágica. La luna y nuestra Noa.
La luna y el sol enfrentados aquella noche, o aquella mañana. O ese siempre. Desde cerca casi nunca, desde tan lejos cada día y con cada velo de nubes y estrellas. El sol y la luna, que están dentro de ella. Por eso brilla cuando abre los ojos. Por eso irradia luz cuando los cierra y se queda quieta, muy quieta. Por eso desprende esa energía blanca que llega a cualquiera, a cualquiera que preste atención tan solo un segundo.
Por la luna y el sol. Por el sol y la luna. Por eso es mágica Noa, una estrella fuerte y brillante. Toda ella es luz. Siempre tan grande, tan gigante... aunque de momento tan pequeña.